
Descripción:
RositaEra Rosita perfectamente proporcionada de cuerpo: ni alta ni baja, ni delgada ni gruesa. Su tez, bastante morena, era suave y finísima, y mostraba en las tersas mejillas vivo color de carmín. Sus labios, un poquito abultados, parecían hechos del más rojo coral, y cuando la risa los apartaba, lo cual ocurría a menudo, dejaba ver, en una boca algo grande, unas encías sanas y limpias y dos filas de dientes y muelas blancos, relucientes e iguales. Sombreaba un tanto el labio superior de Rosita un bozo sutil, y, como su cabello, negrísimo. Dos oscuros lunares, uno en la mejilla izquierda y otro en la barba, hacían el efecto de dos hermosas matas de bambú en un prado de flores.
Tenía Rosita la frente recta y pequeña, como la de la Venus de Milo, y la nariz de gran belleza plástica, aunque más bien fuerte que afilada. Las cejas, dibujadas lindamente, no eran ni muy claras ni muy espesas, y las pestañas larguísimas se doblaban hacia fuera formando arcos graciosos. Narración:
El regalo mágico del conejito pobreHubo una vez en un lugar una época de muchísima sequía y hambre para los animales. Un conejito muy pobre caminaba triste por el campo cuando se le apareció un mago que le entregó un saco con varias ramitas."Son mágicas, y serán aún más mágicas si sabes usarlas" El conejito se moría de hambre, pero decidió no morder las ramitas pensando en darles buen uso.
Al volver a casa, encontró una ovejita muy viejita y pobre que casi no podía caminar. “Dame algo, por favor", le dijo. El conejito no tenía nada salvo las ramitas, pero como eran mágicas se resistía a dárselas. Sin embargó, recordó como sus padres le enseñaron desde pequeño a compartirlo todo, así que sacó una ramita del saco y se la dio a la oveja. Al instante, la rama brilló con mil colores, mostrando su magia. El conejito siguió contrariado y contento a la vez, pensando que había dejado escapar una ramita mágica, pero que la ovejita la necesitaba más que él. Lo mismo le ocurrió con un pato ciego y un gallo cojo, de forma que al llegar a su casa sólo le quedaba una de las ramitas.Al llegar a casa, contó la historia y su encuentro con el mago a sus papás, que se mostraron muy orgullosos por su comportamiento. Y cuando iba a sacar la ramita, llegó su hermanito pequeño, llorando por el hambre, y también se la dio a él.
En ese momento apareció el mago con gran estruendo, y preguntó al conejito ¿Dónde están las ramitas mágicas que te entregué? ¿Qué es lo que has hecho con ellas? El conejito se asustó y comenzó a excusarse, pero el mago le cortó diciendo ¿No te dije que si las usabas bien serían más mágicas? ¡Pues sal fuera y mira lo que has hecho!
Y el conejito salió temblando de su casa para descubrir que a partir de sus ramitas, ¡¡todos los campos de alrededor se habían convertido en una maravillosa granja llena de agua y comida para todos los animales!!
Y el conejito se sintió muy contento por haber obrado bien, y porque la magia de su generosidad hubiera devuelto la alegría a todos.
Diálogo para quedar en salir con un amigo.
A.-Hola, Juan. ¿Qué tal?B.-Muy bien, ¿y tú?
A.-Bien también. Ya hace tiempo que no nos vemos.
B.-Pues sí, la verdad. ¿Qué tal si quedamos un día de estos?
A.-Vale. Podemos ir al cine, ¿no? Ponen una película muy buena en el Rex.
B.-De acuerdo. ¿Cómo quedamos?
A.- ¿Nos vemos este viernes?
B.-No, lo siento. El viernes no puedo. Es que tengo que llevar a los niños a una fiesta de cumpleaños de un amiguito. ¿Qué tal el sábado?
A.-El sábado no me viene bien a mí. ¿Y el domingo?
B.- ¿El domingo por la tarde o por la noche?
A.-Por la tarde, ¿no? Es que yo tengo que levantarme temprano el lunes.
B.-Bueno. ¿A qué hora quedamos?
A.- ¿Qué tal a las 3:30, después de comer?
B.-Mejor un poco más tarde, a las 4:30. Los domingos siempre me echo la siesta.
A.-Vale. ¿Y dónde quedamos? ¿Te recojo en casa?
B.-Está bien. Entonces te pasas por mi casa el domingo a las 4:30, ¿no?
A.-Sí. Bueno, hasta el domingo, que me tengo que ir.
B.-Adiós, hasta luego.


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